Puedes perderme?
Cuando un niño llegan al mundo intenta pesquisar qué es lo que le
hace falta a su madre, y qué es lo que ella pretende de él... Luego intenta satisfacerlo. Por esta vía
busca completarla y formar junto a ella una unidad indivisible. Lacan llama "alienación" a dicha operación.
A continuación de la misma el autor postula un movimiento de "separación", donde el niño comienza a diferenciarse paulatinamente de su progenitora. Ahora, las preguntas que le quitarán el sueño serán: ¿Qué lugar ocupo para ella?, ¿Qué le pasa si no estoy? ¿Se angustia?¿Le hago falta? ¿O le soy
indiferente?. En fin: ¿Puede perderme?
A lo largo de su vida, el sujeto le dirigirá esta pregunta, no sólo a su progenitora, sino también a sus otros primordiales, es decir, a todas aquellas
personas que le son afectivamente importantes. Puede ser el caso de padres,
parejas, amigos y demás.
Existen
múltiples maneras de materializarla, tal vez tantas como personas en el mundo. Incluso varían a medida que vamos
creciendo.
En la
infancia, por ejemplo, la modalidad habitual es el juego de la escondida. Cuando un padre llega a la casa y el
niño corre en busca de un escondite, está poniendo a prueba a su progenitor. ¿Qué le pasa si al llegar no
me ve? ¿Nota mi ausencia? ¿Me busca? ¿O me ignora?
Los
adolescentes, en cambio, pueden hacerlo relatando de forma exagerada o agravada
un hecho que padecieron, poniendo atención en cómo el otro reacciona al
escuchar su versión de lo ocurrido.
En las parejas la
pregunta “¿Qué somos
nosotros?”,
es un recurso más a la hora de indagar qué lugar ocupamos en la vida de la otra
persona: ¿Soy tu
novio/a? ¿Soy uno/a más? ¿Una aventura? ¿Un pasatiempo?
¿Qué consecuencias
tiene que un sujeto cuente con un historial de réplicas de indiferencia?
Es probable que comience a optar por
modalidades progresivamente más patológicas. En este sentido
hay niños y adolescentes que sufren una cantidad de accidentes cotidianos
significativamente mayor que el resto. Lo mismo suele
ocurrir con las enfermedades, que muchas veces aparecen con una frecuencia
mayor a la esperada.
En los casos más
graves, se pueden llegar a optar por fugas del hogar, a intentos de suicidios e incluso a
suicidios consumados.
El sujeto no tiene tapujos a la hora de pagar con su propia desaparición, pues para vivir necesita hacerle falta a alguien, de lo contrario, la vida carece de sentido.



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