A veces jugamos a engañarnos
En el transcurso de nuestra vida distintos acontecimientos pueden suceder o simplemente, no. En este sentido podríamos decir que los mismos son contingentes. Algunos ejemplos sencillos son: ganar la lotería, viajar a Europa, comprarse un auto y demás.
Sin embargo hete aquí aquello que llama mi atención… Muchos de esos fenómenos que efectivamente pueden ser agrupados bajo esa categoría, nosotros los consideramos necesarios.
En lógica y filosofía, la contingencia se contrapone a la necesidad. Este último término se emplea para aludir lo que indefectiblemente es, y no puede no ser.
Una vez más los invito a recorrer algunas ilustraciones del caso.
Pongamos bajo la lupa lo que se conoce como amor maternal. Aún hoy hay quienes lo conciben como un sentimiento puro, sincero y especialmente intenso que las madres derraman sobre sus hijos de manera natural. Consideran que está motivado por un fuerte instinto y aparece como algo propio de toda mujer que se convierte en madre.
Reflexionemos un momento… ¿Qué hay de cierto en esto?
Como puntapié inicial podemos decir que para la biología el instinto es una pauta de comportamiento común a toda la especie. En este sentido, ¿Podríamos aseverar que absolutamente todas las madres sienten tal amor maternal hacia sus hijos?
Freud, por su parte, aseguraba que el ser humano carecería de instintos equivalentes a los que encontramos en el mundo animal.
Por otra parte, basta con mirar a nuestro alrededor y rememorar noticias que leímos o escuchamos en la televisión para darnos cuenta de que no podríamos hacer dicha afirmación.
Pese a que está socialmente establecido que una madre naturalmente ama a su hijo, lamentablemente debemos admitir que este es un hecho contingente: puede ocurrir, o no.
Otras contingencias: ser madre/padre, tener una pareja, casarse y formar una familia son hechos que pueden tener lugar en nuestra vida, pero ninguno va de suyo.
¿Por qué jugamos a engañarnos? ¿Qué es lo que pretendemos? A modo de hipótesis se me ocurre que los casos mencionados responden a exigencias impuestas por la sociedad y que por ende, recaen sobre nuestras espaldas. Tal vez dar por sentado que dichas situaciones son inherentes a nuestro paso por el mundo puede alivianar aquel peso…
Pero ¿Qué ocurre cuando algún sujeto se enfrenta al hecho de que algunas de esas situaciones están lejos de hacerse lugar entre sus deseos? ¿Qué tan fácil le será trazar un camino alejado de dichos imperativos?
Tal vez la toma de consciencia de que la vida está más plagada de hechos contingentes que necesarios nos libere de un determinismo ilusorio y profundice nuestra libertad de elección.


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